VAR
Las ansias en el renovado Coloso de Santa Úrsula estaban a flor de piel. Era el partido decisivo. México necesitaba un gol más para alargar el encuentro a los tiempos extra. En la gran final veía cara a cara a su padre futbolístico: la Argentina de Kempes, Maradona y Messi. Ya no estaba ninguno de los tres grandes capitanes. Sin embargo, el 0-1 a favor de los argentinos seguía presente en el marcador. Llegaba el minuto 89 y un potente cañonazo del 10 argentino era detenido por el guardameta mexicano. Su estirada milimétrica recordaba las atajadas inconmensurables de Buffon, Schmeichel, Casillas y Neuer. Enseguida, comenzaba una jugada mágica. El portero aventaba la bola hacia el lateral izquierdo, quien con destreza tremenda evitaba al extremo sudamericano. La agilidad desde la banda inquietaba como la vorágine de Roberto Carlos y Cafú. Entonces, el balón llegaba a los pies del defensor central. Se trataba de un jugador chaparro que tenía la misma fiereza que Puyol y el liderazgo de Maldini. El defensa hacía llegar la pelota hasta el mediocampo. Allí, el control del contención no envidiaba nada al temple de leyendas como Vieira y Makelele. Con astucia, el mediocampista realizaba la transición hasta la diestra del volante ofensivo. Se trataba del capitán de la selección azteca. Era el diferente, el crack. Su inteligencia con el esférico se comparaba con la de Zidane y Gullit. Rápidamente, burló a dos defensores argentinos y con un autopase condujo el balón hasta tres cuartos de la cancha. En un abrir y cerrar de ojos, envió un centro preciso que fue rematado por el centrodelantero mexicano. Lo que ocurría no tenía precedentes. Gol de chilena. Golazo como los de Hugol. La afición tricolor no se callaba. Lloraba todo un país. Ante toda esta gran jugada, la albiceleste había permanecido como una espectadora más. Sin embargo, llegaba la tragedia. El árbitro se agarraba nerviosamente las orejas. El equipo de video asistencia arbitral indicaba que existía fuera de lugar en la jugada. Por ende, se invalidaba la anotación. El VAR acaba con la algarabía. El silencio rodeaba al Estadio Azteca. Finalmente, se terminaba el show. Argentina campeonaba arrogantemente una vez más. La afición local se marchaba resignada. México jugaba como nunca, pero perdía como siempre.
