Nombrar el espacio en blanco
Blanco
Han Kang
Traducción Sunme Yoon
Random House, 2025
La escritura sobre la esencia de los colores es una constante que se repite a lo largo de las épocas. En su libro Bluets, Maggie Nelson reconoce que, al menos, cada nueve años una persona intenta escribir un libro sobre el azul. Supongo que pasa de manera similar con otras familias cromáticas, como las de los verdes, los blancos o el bermellón. No es extraño encontrar la presencia de colores en el lenguaje poético; ¿cómo crear imágenes o construir atmósferas sin recurrir a una experiencia tan omniabarcante como lo son los colores para los seres humanos? Sin embargo, algunos escritores han llevado hasta el límite su exploración sensible al convertir la reflexión sobre el color en un problema estético, sensible y simbólico; ése es el caso de Han Kang con su libro Blanco.
Escrito en 2016 y publicado en México en 2025, bajo el sello editorial de Random House, el texto se presenta como un cuerpo de obra híbrido, cuya articulación conjuga diferentes géneros y lenguajes artísticos. Mediante la prosa poética, el lenguaje narrativo y diferentes performances —recuperados a partir de archivos fotográficos—, la autora crea una ficción sobre la hipotética vida de una hermana, a quien nunca llegó a conocer ya que murió el mismo día de su alumbramiento. La muerte temprana deja una cicatriz en la historia familiar, un vacío que, con base en las palabras de Kang, nunca fue posible subsanar
Blanco es una obra que resalta en la producción de la escritora no sólo por su carácter personal e íntimo, sino también por la manera en que el dolor es discursivizado. El relato, compuesto de forma fragmentaria a través de pequeñas composiciones poéticas, utiliza el color blanco como eje conector e indaga distintas experiencias que van desde lo cotidiano hasta lo simbólico-abstracto y que permiten hacer confluir diferentes niveles de significación. En este punto, es importante mencionar que el blanco en la cultura tradicional coreana es el color asociado a los rituales funerarios. Blanco es un libro originado en el luto, en el vacío que dejó la muerte prematura de una bebé, pero que resignifica el dolor y la vida gracias a una exploración sensitiva, simbólica y lingüística del color.
El libro, integrado por tres partes —”Yo”, “Ella” y “Todo lo blanco”—, comienza a través de una confesión performática: “Lo primero que hice la primavera en que decidí escribir sobre el blanco fue una lista: Manta de bebé/ Batita de recién nacido/ Sal […]/ Luna […]/ Mortaja”. Desde las primeras páginas, Kang nos ofrece comprender que no se trata de un texto cuya escritura procede de un ejercicio lineal, por el contrario, admite que se trató de un proceso cargado de afectos y efectos plasmados en la escritura. Dejar ver los hilos detrás de una urdimbre textual es un procedimiento raro y no siempre afortunado. En Blanco, sin embargo, funciona como advertencia, pero también como puente o sendero para los lectores más acostumbrados a las formas tradicionales de la literatura.
Asimismo, cabe resaltar la estructura en tríptico. La primera parte, “Yo”, de corte mucho más narrativo, da a conocer la historia de la narradora. Una ciudad, Varsovia, y la forma en que los habitantes han resignificado las ruinas producto de la resistencia bélica dan pie a una reflexión: una vida que continúa —¿o suplanta?— a otra. Desde sus primeras páginas, el libro nos adentra en un mundo en el que el vacío existencial comienza con una herida previa al nacimiento. La narradora se pregunta qué habría pasado si ella, la primera hija, no hubiera muerto de manera temprana: “Imagino que fue ella quien vino a este lugar en vez de mí”.
La segunda parte, “Ella”, de tono más evocativo, versa sobre un ejercicio imaginativo en el que se crea una vida hipotética para la hermana mayor. El uso de prosa poética y el seguimiento de la historia en tercera persona no son elementos fortuitos; al igual que en otras novelas de la autora, la inserción de fragmentos más ligados al lenguaje lírico le permite abordar sutilezas, dar espacio a dimensiones que suspenden la lógica del tiempo cotidiano: el sueño, el recuerdo, el pensamiento o la imaginación. Resulta acertado que, en determinado momento, la división entre el yo y el ella comienza a borrarse hasta que terminan por asimilarse en el mismo ser. En “Todo lo blanco”, tercera y última parte, se retoma la voz en primera persona y el estilo narrativo. No obstante, existe una transformación de la narradora y el reconocimiento de un interlocutor, la hermana —su onni—: “Cuando miré a través de tus ojos, vi diferente”. El cierre de la obra, o novela como algunos la han querido llamar, es un acto simbólico; palabras de despedida entregadas a un ser cuyo peso abrió el surco para ser amado, la narradora implora: “No te mueras. Vive” en la palabra, en un libro, en la invención, en la continuidad de las hermanas, pero sobre todo en lo blanco, en todo lo blanco.
Los tres performances que acompañan a la pieza sirven como correlato que, más que ilustrar, da cuenta de una investigación realizada recurriendo a múltiples sentidos, en la que el color deja de ser una experiencia visual para convertirse en una pulsión omniabarcante.
La obra de Kang no sólo brinda la posibilidad de comprender algunas cuestiones como la muerte, el dolor, el trauma generacional, la construcción de la memoria o el peso ficticio de la vida, sino también de descubrir que la lectura nunca fue simplemente un llenado de espacios en blanco; que la escritura acontece en ese absoluto que es la página en blanco: suspensión del sentido; que el mundo no está teñido de colores distintos, sino que constituye el espectro descompuesto de una sola luz —blanca—. Kang tiñe, o destiñe, nuestro mundo; lo inunda de una potencia blanquecina donde el límite entre lo uno y lo otro, ella y yo, la vida y la muerte, la prosa y la poesía termina por disolverse.