Bolá, bolá
Bolá, bolá, bolá, bolá.
El sábado está anaranjado.
Bolá, bolá, bolá, bolá.
Martín tiene los ojos cerrados.
Las porras aturden sus oídos y aceleran su ardiente corazón. La emoción ayuda a congelar el tiempo. Los coreanos se intimidan con el tumulto de vítores y silbidos que envuelven a El Porvenir. Los tambores pelean con las matracas. Bolá, bolá, bolá, bolá. La batucada canta al ritmo del balón. Aplausos, porras, gritos y silbidos. Cacerolas, trompetas y bolá, bolá. La aguda voz de Christian Martinoli acrecienta la intensidad del drama.
—¡La tiene, la tiene! ¡Raúl Jiménez la tiene y queeeeeeé, se la pasa, se la lanza a Martín González!
Aumenta la tensión del público, las banderas tricolores oscilan en el aire.
—¡Hernández la tiene, la tiene! ¡Solo! ¡Martín va solo, solo, solo, solo, solo, solo, tiraaaaaaaaaa! ¡GOLAZO! ¡GOLAZO! ¡GOLAZO INFERNAL! ¡Impresionante! ¡Señoras, señores, con ustedes: el mejor jugador de México! Lo apapachamos, lo acariciamos. ¡La Virgen María juega de este lado, la Virgen juega con nosotros! ¡Por primera vez en la historia, México gana la Copa del Mundo!
Martín siente cómo las lágrimas de sus compañeros se mezclan con su sudor salado cuando lo rodean y lo abrazan con gritos de ovación. Las trompetas se fusionan con el bomboro, quiñá, quiñá, bomboro, quiñá, quiñá. Y, de pronto, se ve a sí mismo, danzando alrededor de un trofeo de oro infinito, que se proyecta hacia un cielo que empieza a amoratarse.
—¡Tronco, ¡Carajo, despiértate!
La voz desnivelada del Pelón lo aturde. Otra vez le estropea la madrugada con la invariable orden a la que nunca se acostumbra. Los últimos días han sido los peores: un torbellino de trabajo extenso que le inflama la columna. Desde la semana pasada, cuando mataron al patrón, el trabajo los rebasa. Les toca andar de un lado a otro, saltar como conejos, tachar nombres de listas, buscar desertores, rondar a sus familias.
En ese colapso inminente, Martín siente una angustia asfixiante por los partidos de El Porvenir. Teme, con un profundo nudo en el estómago, que el país siga asustado, que las noticias transmitan a su ciudad en llamas, que a la Federación le espante el bolá, bolá de las armas y que los turistas se acobarden ante una grandiosa experiencia tercermundista que trae cuetes incluidos.
Y, aunque el Zurdo le aseguró que la chamba no repercutiría en el Mundial, Martín se siente culpable. No por los eventos recientes, eso no estuvo en sus manos. Se siente culpable porque él eligió el sitio donde terminarían los restos no cremados: cerca del estadio. No lo hizo con saña, su única intención era pasar por el recinto y apreciar el estadio con forma de volcán, en el que alguna vez le prometió a su madre que jugaría. Ése fue su sueño desde los cinco años, cuando metió un gol por primera vez.
Al encontrar las bolsas, la rabia colectiva reprochó al Gobierno que se hicieran los partidos en un lugar tan peligroso. Y la posibilidad de que cancelaran los juegos del estadio por sus imprudencias le ocasionó un pestilente malestar estomacal que lo tumbó en la cama durante casi medio día, lo que le costó tres patadas en el estómago y una pintada de calzón. Pudieron ser más golpes, pero el Zurdo le quitó el pasamontañas y reparó en su pálido rostro.
Era el mismo rostro que cargaba desde que el presidente mandó a matar al patrón, estando tan próximos los partidos. Especulaba y se le cerraba la garganta, se persignaba y le imploraba a la Virgencita que no dejara que cambiaran la sede. Era su único deseo.
El Pelón nota raro a Martín, pero no le pregunta nada. Martín y el Pelón no son amigos, no son cómplices, no son nada. El uno desconfía del otro. Así funciona ese mundo. No confían ni en sus cabellos. Tal vez por eso el Pelón se rapa. Si Martín se fiara del Pelón, desde hace tiempo habría huido, se habría llevado a su madre y se hubieran pelado para el otro lado. Pero él, nadie más que él, sabe lo que ocurre con los desertores y con sus familias. Por eso se aguanta las ganas. No quiere que el Pelón le rebane la lengua con el cuchillo que se llama “Lamiditas”, ni que calcine la casa de su madre con su madre adentro. El Pelón tampoco quiere que Martín lo haga, por eso él también reprime sus deseos.
Y es que Martín se ve peligroso. Lo es. El Pelón también. Todo aquel que se mete con ellos lo constata. Ni pareciera que, hace apenas cinco años, eran unos chamacos que soñaban con trabajar para salir adelante, en un mundo que ahora les parece inexistente.

Martín no había cumplido los dieciocho cuando dejó la casa de su madre para ir a Lomas Altas, con la esperanza de que lo contrataran en la maquila, juntar dinero, ir a la capital y unirse a la Academia de futbol profesional. El Pelón fue al mismo sitio con la esperanza de poner una taquería con su padre. Comparten la misma historia, pero no lo saben, les está prohibido hablar sobre sí mismos. No conocen ni sus nombres.
—Órale, Tronco, apúrale, que nos toca bajar pa’l rancho.
Martín se monta en la Toyota, al tiempo que se acomoda el pasamontañas y retira con su dedo índice los pegajosos rastros de lagañas.
—Hoy nos dicen quién es el nuevo jefe, cabrón, me dijo el Beni.
—Órale, va.
Martín es de pocas palabras. Sabe que es un hombre intangible y, por eso, no requiere personalidad. Pronto podría convertirse en polvo, en el aire que le ensucia los ojos, que se zarandea por las veredas olvidadas por los dichosos e invadidas por el resto. Lo había visto: la semana pasada no eran dos, sino cinco hombres en la camioneta. Ahora faltaban el Chino, el Guapo y el Azteca. Ya eran polvo chamuscado.
El Azteca era el más cabrón y, a la vez, el más buen pedo. Eso último lo repetían todos. Martín fue instruido por él en el rancho, cuando no entendía lo que estaba pasando. El llanto de Martín era el más estridente de entre todos los jóvenes, y el Azteca, después de ordenarle que se callara y no ser obedecido, le aporreó la cabeza con su ametralladora. El silencio fue brusco. Todos se paralizaron, esperando un desplome que nunca ocurrió.
El Azteca fijó sobre él su mirada aniquiladora y con una voz áspera, pregonó:
—Írenlo, este cabrón es un tronco.
Se le acercó hasta tener su nariz encima de su rostro y le dio un consejo agrio.
—No seas pendejo, cabrón. No tengas miedo, ya estás en esto. Aguanta y obedece si quieres seguir viviendo.
Y eso fue lo que hizo Martín desde entonces. Aguantar y obedecer. Tragó saliva cuando le tocó disparar. Se hizo el distraído ante súplicas de auxilio. Soportó golpes, humillaciones, torturas, hambre, sueño. Sobrellevó el asco. Participó, custodió, ejecutó. Se ganó la confianza. Desde entonces no hace más que eso. Aguanta y obedece.
La Toyota vibra con las piedras de la terracería y el Pelón prende el estéreo. Tararea al ritmo del acordeón “El corrido de Juanito”, su canción predilecta. Martín juraría que, cuando la pone, salen gotas de sus ojos, y antes de que le pregunte, el Pelón declara que es sudor. A Martín no le importa. No lo cuestiona, a pesar de que le echa una mirada aniquiladora: un arma de defensa ante la constante vulnerabilidad.
Bolá, bolá. Suena la bala. Es el gatillo de Martín, que sonoriza la contraseña de entrada. Ingresan al rancho y se estacionan junto a las otras camionetas blindadas. Huele a carne quemada, a cabello y a grasa. No entiende cómo es que los otros pueden conversar. Si él habla, el humo se le mete en la boca, a pesar del pasamontañas, y, aunque le sabe dulzón, siente arcadas por la procedencia de la humarada.
Martín camina nervioso de un lado al otro, contando sus pasos, deseando correr alrededor del rancho, invitar a sus compañeros a sacar un balón y corretearlo. Pero sabe que no puede. Sus días de jugar futbol han terminado. Sigue caminando. Una esperanza. Le importa un carajo quién es el nuevo jefe, ni siquiera va a conocerlo. Sólo quiere saber si respetará la palabra del otro: el mandato de no hacer ningún trabajo durante el Mundial, la promesa de dejarlos ver los partidos de El Porvenir.
Se le cierra la garganta. Le palpita el corazón. No tiene ningún otro anhelo. Ya ni siquiera ambiciona volver con su madre. Ya no es Martín. Es el Tronco. Y el Tronco no tiene madre. Ella jamás podría perdonarle lo que hace para sobrevivir. Su madre lo habría preferido muerto antes de saberlo parte del infierno. De tanto pensar en su madre mejor voltea el rostro.
Ahora su vida gira en torno a los cuatro partidos. No le importa gastar todo en ellos. El dinero crece, su vida no. Y ni siquiera tiene en qué gastar. No le permiten mandárselo a su madre y, desde hace un tiempo, se dio cuenta de que ahorrar para entrar a la liga es tonto. Lo único posible, hasta hace una semana, era estar presente en todos los partidos y, en especial, en ese con el que sueña a diario. El Zurdo le había asegurado que en esos díasno tendrían trabajo, que las actividades estarían suspendidas porque el jefe no quería disturbios: le convenía que los extranjeros gastaran en sus negocios, así lavaría más fácil su dinero.
Desde que lo supo, Martín soñaba despierto. Sentía que él era el partido mismo. Imaginaba que cantaba, pateaba, corría y jugaba, como antes, que volvía a ser feliz.
El Pelón le mira la sonrisa.
—Tronco, sigues soñando, ¿verdad?
—Qué sí, Pelón, el Zurdo me lo dijo. Me dijo que sí podemos ir, ¿no quieres ir conmigo? Vamos, anda, compa, vamos.
—Estás bien wey, Tronco, cómo crees. Si los güeritos son los que más nos compran. Vas a ver que ese día nos ponen a vender. No los conociera…
—Ots, no eches la mala leche, compa. Ya hace falta el descansito. ¡Veremos a la selección! ¡En El Porvenir!

—¿La selección en El Porvenir? —interrumpe el Zurdo, que llegó al patio, como siempre, hecho sombra—. Ay, Tronquito, JAJAJA.
Cuando el Zurdo termina de exhibir sus dientes dorados, avienta a sus pies una bolsa negra. Al chocar contra el asfalto, la bolsa se rompe y ruedan unas cuantas cabezas. Martín no emite ni un sonido, se queda mirando, pasmado, al piso, a los rostros.
—¿Qué no has visto las noticias, pendejo? Cancelaron los partidos. Silencio. Martín está pasmado. No reacciona. No cree lo que dice el Zurdo.
El Pelón se compadece de su semblante y hace las preguntas por él.
—¿Y ora, Zurdo? No me digas que es por la muerte del patrón o por los desmadres que hicimos… no me digas que es por eso de la inseguridad; inseguro siempre ha sido, pues.
—N’ombre, plebe, cómo crees. Lo que pasa aquí no importa. Es por la guerra, ¿qué no oyen las noticias? Ni porque les dejamos las bocinas… El Zurdo les indica que lo acompañen a su troca. Pone la estación cinco, que sigue informando detalles sobre la muerte del patrón. Entonces sumerge su dedo gordo en la emisora ocho, donde hablan sobre bombardeos en el Medio Oriente, ataques aéreos, caos, muerte, sangre. Algo a lo que ellos están más que acostumbrados.
—Ora, eso qué, Zurdo, eso cuándo ha importado. Una cosa es la guerra y otra cosa es el futbol —sentencia Martín, al tiempo en que la locutora suspira, después de afirmar que están muriendo muchos héroes.
A Martín se le traba la mandíbula y se le incendia el pecho. Los comentaristas discuten si el presidente es héroe o villano, si merece el Nobel o la destitución. A Martín eso le importa un carajo.
—Puras pendejadas. Cómo se les ocurre hacer esas mamadas a meses del Mundial.
Martín piensa que las guerras son partidos jugados con misiles. Si las balas aciertan, cuentan como gol. Después de cinco años, de veintitrés, Martín lo entiende: se puede jugar futbol de muchas formas.
Sale de la troca. Camina hasta llegar a las cabezas que decoran el asfalto. Acomoda la más redonda en la punta de su botín.
Retrocede tres pasos. Mide su distancia. Sonríe. Chuta.
—Bolá, bolá.
La cabeza se incrusta en el centro de la barda. Genera un ruido hueco. Gol.