Apurate, Perú

Chacón entra a su departamento en Buenos Aires con una caja llena de sus cosas de la oficina. Papeles, sólo papeles. Lo bueno de todo esto, piensa, es que al fin podrá ver tranquilo, sin interrupciones, el último partido de las eliminatorias. Nada de encargos de Scaglioni a última hora. Oíme, Perú, traeme la minuta del caso Sánchez-Paredes, ahora. Apurate, Perú, no estés fumando allá al fondo, no te rasqués las pelotas, y dejá de mirar la tele.

Y Chacón corría hacia su cubículo, agarraba la llave e iba al archivero, mientras el resto sí veía en la pantalla gigante de la sala de reuniones el ingreso de los equipos a la cancha y las alineaciones. En cambio, Chacón buscaba entre fólderes el caso Sánchez-Paredes, y el Buscaglia-Lombardi, y los recibos y las minutas con enmiendas, mientras sus compañeros sí escuchaban el griterío en las tribunas y la risa de Scaglioni en cada tiro al palo. Apurate, Perú, ¿no andarás fumando? ¿O mascando esa cosa verde que traés de allá? Apurate. Cuando encontraba los documentos y volvía a su sitio, ya todos gritaban un gol, abrazados, sin él.

Ahora que Chacón, por fin, está en su departamento para ver por primera vez tranquilo a su equipo peruano, perdonen la tristeza, en su última chance de clasificar al Mundial, se siente un poco menos dañado. No importa que esa mañana Scaglioni lo haya botado así, sin más ni más, luego de chambear diez años en el estudio, sin aumento ni ascenso, el eterno mensajero del despacho, pese a su licenciatura en Derecho, porque oíme, Perú vas a tener que arrancar de abajo porque ese cartón de universidad nacional de no sé qué pampón andino acá vale una mierda. ¿Entendés? Pero ustedes tienen fama de laboriosos. ¿O no?

Prende la TV, sintoniza Fox Sports y ya están saliendo los equipos a la cancha. El locutor, con pinta de Scaglioni, dice que la Argentina ya clasificada hace varias fechas a la Copa 2026, invicta en casa, va ahora a defender su título de campeón a este Mundial de las tres naciones del norte. Para repetir la hazaña como en el 78, y como con Diego, en México, en el 86, y Messi en Catar, muchaaachos, y aquí soñamos con ser bicampeones ya no de América sino del mundo. Y ahora, decime, de dónde salió este equipito de los Andes que necesita un milagro para clasificar, ganar en el Monumental y rezar a que los demás no ganen. Pero decime, ¿cuándo fue la última vez que una selección peruana pasaba de la media cancha? ¿Cuándo, decime?

Chacón abre su primera cerveza. En la TV arranca el primer tiempo. El primer ataque de la albiceleste es imparable, ese 9 argentino es un avión, talento de potrero, piensa Chacón, arriba Perú, ¡arriba!, y mientras el pibe entra al área y le quiebra la cintura al defensa central, capitán de su equipo, que por las justas puede alcanzarlo. Y que Zambrano ya no corre como cuando estaba en Boca, que volver a su tierra lo ha oxidado. Una gambeta más, el 9 se lleva hasta el portero y gol. Gooool. Gol. Y goool. Chacón aplasta la lata de cerveza: se acuerda de los encargos de Scaglioni, de las minutas en el archivero, de los goles que nunca gritó en la oficina. Viene de nuevo ese 9 de potrero, un avión es este pibe, lo quiebra a Zambrano, toda la defensa peruana en el piso como en matadero. Y gollll gollll goooolll. A los quince minutos del primer tiempo ya van 2-0, esto pinta para goleada, grita el locutor. De nuevo, Perú fuera del Mundial. Chacón exprime otra lata que ya no parece lata.

A los treinta minutos, el relator ya no habla de fútbol sino de historia. Que Perú necesita un verdadero milagro, voltear la contienda, y luego golear y rezar porque en otros estadios también juegan partidos decisivos. En la pantalla dividida sale la tabla de posiciones: muy arriba Argentina, con jerarquía, y más abajo, lejos de la línea del repechaje siquiera, relegado, Perú, que ya por las justas respira como sus zagueros.

Chacón arma una torre con las latas aplastadas. Y recuerda esos diez años también relegado. Sin ascenso ni bonos. Ya apurate, Perú, ¿dónde está esa minuta? En su sillón, Chacón busca los cigarrillos pero no trae encendedor. En la TV repiten el segundo gol en cámara lenta. Ese 9 argentino que ya piensa en los estadios de Estados Unidos, Kansas City y Dallas. Y el locutor Scaglioni dice que éste será el Mundial más grande de la historia, con más partidos y negocio. Amigo peruano, un abrazo grande y a comprar una linda tele para ver en casa los goles argentinos.

Chacón cambia de posición en el sillón. Se quita los zapatos. Abre otra cerveza. En el minuto cuarenta, un centro desesperado al área argentina termina en fracaso. Porque ese Guerrero ya no corre nada, y que mejor vaya para el geriatra. Chacón piensa en que aún queda tiempo, un gol puede darles esperanza. Pero oíme, este equipito ya parece cansado y recién vamos por la primera mitad.

En el entretiempo muestran imágenes de hinchas peruanos en Buenos Aires, banderas rojas y blancas en algún bar de Corrientes, cantos que se apagan con cada repetición de los dos goles argentinos. Uno de ellos grita que igual irán al Mundial, aunque sea a vender cebiche afuera del estadio. El relator se ríe, y qué rica que es la comida peruana. Chacón siente que la risa se parece demasiado a la de Scaglioni.

Arranca el segundo tiempo. Argentina toca y toca. Perú corre detrás del balón como si siempre llegara un segundo después. Comienza el baile, todo se desarma. Putamadre. Vienen los goles, de uno y de a dos. Y esto ya no parece fútbol sino tenis: mirá ese marcador, ese arco peruano parece una coladera.

Para la mitad del segundo tiempo, cuando ya no quedan latas que aplastar y el marcador en contra es de 5-0, el 9 argentino es reemplazado entre aplausos. Éste es un pibe de oro. Y Perú, decime, dónde está esa minuta. Apurate, no estés fumando. Chacón busca otra vez sus cigarrillos, pero carajo, no hay encendedor. Se levanta emputado ahora sí, y mientras el locutor sigue cantando las sedes en donde Argentina jugará allá en el norte, Chacón arranca la TV de un tirón. Y la lanza por la ventana, antes de oír que el locutor con pinta de Scaglioni celebre otro gol.

Golpe seco contra el pavimento y vidrios rotos.

Unos vecinos del edificio sacan la cabeza por la ventana, le putean a Chacón, le dicen que dejá de hacer boludeces, dejá mirar tranquilo el partido, y otros revisan en la calle la carcasa que cayó desde el quinto piso. Chacón mira el espacio vacío en la sala. Un hueco en la pared. Camina hacia la cocina, agarra sus cigarrillos y encuentra unos fósforos al lado del horno. Enciende uno.

Aspira.

Exhala.

Y ahí, en la entrada de la casa, se fija en la caja con papeles, sólo papeles, y el resto de las cosas de la oficina.

Quiere otro cigarro pero ya no quedan fósforos. Entonces abre la llave del gas y piensa que igual el Mundial se va a jugar muy lejos. La llama en la hornilla no aparece y lo único bueno es que mañana ya no tiene que volver al trabajo.

Chacón se queda quieto en la cocina. El cigarrillo sigue entre sus dedos.

Respira tranquilo.

Alguien desde la calle grita otro gol.