Doce días de seda

Relato finalista del IV Premio de relato migrante, convocado por el Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM en España y el Festival Centroamérica Cuenta.



El trabajo era simple: armar cajitas de cartón brillante y meter dentro un pañuelo de seda. El problema fue que algunas de las cajas que armé iban con una mancha chiquita de sangre en el borde derecho. No era la gran mancha que uno diga “uy, qué masacre”, pero digamos que si yo fuera una señora rubia en El Corte Inglés y me entregan mi pañuelo en una caja con manchita ocre sí que diría “qué asquito”. Pero es que a veces, mientras ocultaba a los de la empresa que mis paquetes tenían una manchita de sangre, pensaba que daba igual, que la señora imaginada de El Corte Inglés siempre diría “qué asquito” al saber que yo la armé.

Ese trabajo lo manifesté, como dicen en internet. Pero creo que lo manifesté mal. Ahora pienso que debí haber sido más clara y apuntar a algo más alto, pero por algo se empieza. Vine a Barcelona hace tres años, cuando iba a cumplir los treinta. Después de una década de trabajar en un periódico y un par de años de dar clases en El Salvador, unos sustos me indicaron que era hora de irme. En esos diez años vi suficientes deslaves, muertos, temblores y terremotos políticos. Cualquiera diría que una tiene suficiente experiencia para conseguir un trabajo más o menos decente, pero la cosa está complicada. Y la tengo más complicada porque me vine a vivir al país de Cataluña, que está dentro del país-país España.

Aquí sólo hay una periodista famosa y latina. Sale en un telediario al mediodía. Y es raro, porque verla a ella, más pálida que yo, llamarse a sí misma una mujer “de color” en la tele fue lo que me hizo preguntarme qué color de piel tengo. Está claro que no soy blanca. Tampoco soy negra. Sinceramente, siempre he pensado que soy amarillenta con subtonos verdes, pero una no puede andar diciendo eso por la calle. No lo digo, pero busco a gente de ese moreno verde-amarilloso para hacer amigas aquí. Pienso que ellas no me pueden rechazar porque somos iguales: un intermedio raro. Hasta ahora he tenido suerte. Así terminé con un directorio de amigas ecuatorianas.

Ellas me invitaron a tomar clases de baile en un grupo de reguetón. Algo así como zumba para señoras jóvenes que todavía nos creemos aventadas. No hacemos twerk, pero movemos las nalgas. Un día de estos, al salir de clase le dije a la Iris: “Amiga, si sabes de cualquier trabajo avisame, da igual lo que sea, aunque sea de doblar cajas”. Y la Iris me empezó a contar que en el almacén de su trabajo, en el barrio impoluto de Sarrià, necesitaban gente justo para eso, para armar cajas chiquitas. Usualmente ellos reciben los paquetes de pañuelos de seda ya armados y sólo los distribuyen a otras tiendas. Los trapitos vienen de China, pero la caja pone el nombre de una empresa catalana. Ahí está la ganancia, en mediar con los chinos y traer los pedidos con un look kilómetro cero a España. Iris nació en Ecuador, pero se crió en Barcelona. Por eso los catalanes de la empresa le tienen confianza. Un día de estos, la empresa se peleó con los proveedores de un pedido de allá y quién sabe la gravedad del problema, pero los chinos les dijeron “ah, conque así estamos, ahí les va el pedido” y les enviaron los cartones de las cajas planas por un lado y los pañuelos por otro. El pleito no parece tan grande hasta que te das cuenta de que son sesenta mil cajitas las que hay que armar y rellenar. Así que Iris empezó a reclutar gente. Por eso digo que manifesté mal, aunque en realidad fui muy efectiva porque conseguí exactamente lo que solicité. La Iris le contó al motorista de la empresa su problema y con él empezaron a armar una mini plantilla discreta de manos rápidas que operaba desde el parqueo del almacén. Ahí nos pusieron sillas plásticas y dos mesas blancas para ir colocando el producto.

El motorista se llama Óscar. Es venezolano y tiene un camión chiquito con el que también hace viajes de mudanzas en la ciudad. Cuando le sobra tiempo, se va a esperar a la puerta de Ikea a los que van nomás dizque a ver y salen cargados y sin tener en qué llevar las cosas a casa. Él se rebusca. Cuando Iris le preguntó si tenía trabajadores a su disposición, el maitrito le dijo que sí. Al siguiente día, él, su mujer Luz y una psicóloga llamada Margarita ya estaban en el parqueo techado del almacén doblando cajitas. Pronto se dieron cuenta de que no era suficiente gente y bajo promesa de discreción, la Iris me llamó a mí y al novio de su hermana.

El cuñado y yo ganamos siete euros por cada hora dedicada a doblar cajitas escondidos en el parqueo de Sarrià. La Margarita cobra a seis la hora. Pero eso no es cosa de Iris porque ella es buena gente, sino de Óscar. Margarita es de Cuba y lo que nos contaron a Luz y a mí es que se conocieron en la calle, cuando él venía de hacer un viaje. Empezaron a platicar sobre lo difícil que está la situación y Óscar le dijo que dejara de preocuparse, que él le ofrecía trabajo doblando cajas, pero a cambio, le tenía que dar un euro por cada hora que le pagaban.

Cuando empezamos, miraba ilusionada los pañuelos e imaginaba con qué ropa me los podría combinar. Los pañuelos tenían diseños de flores tropicales tipo platanillos y jengibre de colmena. Sólo flores de las que no hay aquí. El primer día vi un pañuelo con la flor picuda del ave del paraíso y me empecé a reír porque me acordé de la vez que mi mamá le robó varias de ésas a la mata de una vecina para ponerlas en el florero y durante una semana nos pudrimos de calor en la casa: mi mamá no dejaba que abriera las ventanas para que nadie viera las dichosas flores. Después me entró un poquito de tristeza por imaginarme ahora ese jarrón y la casa vacía, así que seguí trabajando. Y mejor, porque por verlos perdía tiempo y las otras dos muchachas no me miraban con muy buenos ojos.

Durante los primeros cinco días trabajamos hasta diez horas de corrido. Ahí fue cuando se me hizo una ampollita en el dedo índice que después se me reventó. A la hora del almuerzo, la Iris nos dejaba entrar a la parte de oficina donde estaban los trabajadores jóvenes y rubios —aunque había un pelirrojo que no combinaba— y ahí calentábamos nuestro almuerzo y comíamos. Luego volvíamos al parqueo y seguíamos con la rutina. Yo trataba de vestirme como si fuera trabajadora de adentro del local y no del parqueo. Pensaba que si, tal vez, a alguna de Recursos Humanos le gustaba mi camisa me lo diría y empezaríamos a platicar y le diría que yo también antes trabajaba dentro de una oficina, no afuera.

Me pasaba las horas escuchando las pláticas de Luz, Óscar y Margarita. Buenas personas, pero me hartaban. La Luz tenía una muletilla molesta. Después de cada frase decía: “¿Me entendiste?”. Las primeras veces le respondía que sí. Pero luego aprendí a ignorarla. Contaba historias francamente aburridas y preguntaba si le había entendido. Sí, Luz, entiendo que un apagón en España no es nada comparado con un apagón en Venezuela. Al principio pensé que tal vez algún día, después de doblar cajas, tendría confianza para decirle a alguien que me acompañara a pasear por la casa donde vivió Gabriel García Márquez en su temporada por Barcelona. La casa nos quedaba a ocho minutos, pero no lo hice porque vi que no les caí tan bien.

Óscar un día me preguntó qué pensaba del presidente de mi país, porque él lo admira mucho y cree que un hombre como él hace falta en Venezuela. Yo tengo memorizada la respuesta y hasta la cara que debo poner cuando hablo del tema: “Como todos los políticos, tiene cosas buenas y cosas malas. Eso no se puede negar”. Es importante decir la última frase porque reafirma el sesgo que trae la persona que pregunta. Si es fan del hombre, entiende que también le veo cosas positivas. Y si es detractora, me ve como alguien con una opinión balanceada. Todo mundo tranquilo. Cuando respondí se quedaron en silencio. Al rato, Luz dijo que ya le tenía arrechera a las cajitas y asentí. Conforme pasaban los días, en mí iba aumentando el desprecio hacia la gente que usa los pañuelos tan tranquilamente sin imaginarse quién los empaquetó. Y me daba más cólera porque quisiera ser como ellos, gente a la que le alcanza el dinero para comprarse un pañuelito de seda por capricho.

Yo sé que era la persona más preparada del parqueo del almacén y quizás por eso no lograba conectar con las muchachas que trabajaban conmigo. Margarita me daba pereza porque decía que el día que pisó tierra española volvió a nacer. La veía igual de miserable que Luz y no entendía por qué tanta algarabía, aunque es cierto que no he pasado hambre como dicen que pasan los que vienen de Cuba y Venezuela.

A veces sentía que ellas vivían en otro país. Uno de mucho agradecimiento y mucho “salir adelante”. Yo apenas salgo de mi barrio cuando me sale algún trabajo. Una tarde, la Margarita dijo que lo único malo que le ve a su llegada a España es que aquí también se permite el aborto como en Cuba y la Luz asintió. Dijeron que la gente parece muy civilizada excepto por eso. Ahí sí empecé a discutir, aunque poco, para que las trabajadoras de adentro no me relacionaran mucho con ellas. Dije que estaba de acuerdo con el aborto, aunque maticé con una mentira. Expliqué que sólo estaba de acuerdo para los casos que han propuesto las feministas de mi país: en caso de violación, si la vida de la madre o del feto corre peligro y cuando la embarazada es menor de edad. Ellas se quedaron pensando o fingieron pensarlo, pero al cuñado de Iris se le encendió algo y empezó a discutir conmigo. El muchacho es de esos blancos que no se ponen morenos, sino un poco anaranjados con el sol. Tiene el pelo castaño, no porta barba ni bigote y todavía habla con voz chillona. Había permanecido asintiendo educadamente a las historias de Luz, Óscar y Margarita. La primera semana estaba puro muñequito callado, pero que yo hablara sobre abortos pareció puyarle el botón de encendido. Él dijo que España está perdiendo el respeto por la vida y especialmente por la vida de las mujeres. A él le tocaba llevar el recuento de los paquetes que aún faltaban por hacer, así que no entiendo cómo podía hablar tanto y llevar la cuenta. La cosa es que dijo que el problema actual de España es la migración, pero la migración de árabes porque no respetan a sus mujeres y por eso las cubren con velos. A mí no me convenía que me vieran pelear con un español, entonces adopté una falsa curiosidad. Le pregunté qué pensaba de los migrantes de Latinoamérica y dijo que no había problema porque nosotros sí compartimos los mismos valores cristianos. Después nos contó que al final de este verano regresará a Dubai porque allá tiene un contrato por seis meses al año en los que instala cables de fibra óptica. Sólo con eso, nos contó, puede estar cómodo la otra mitad del año en España.

Dudo que el cuñado de Iris sea virgen y puro aunque hable como chico de seminario católico. Calculo que tendrá unos veintidós años y no puedo excusar tanta estupidez sólo porque está bicho. Con veintidós años yo tenía más claras las cosas. Sabía qué defender y no andaba de mojigata. Cuando salía de trabajar, me iba con mis compañeras de redacción a platicar, discutir y pelearnos. Después nos tomábamos unas cervezas de las cholas y bailábamos con cheles altos y extranjeros.

En la siguiente clase de reguetón le conté a Iris que su cuñado era un chico conservador y un poco racista, pero ella le quitó importancia. Pensé que como feminista estaría más indignada, pero nada más dijo que era un posadolescente, que no sabe nada de la vida. Al salir, me quedé pensando en las vueltas que da la vida y en que cómo putas es que llegué al punto de tenerle envidia al contrato laboral de un crío.

Doblar cajas es como una meditación, me repetía a mí misma en esos días para darle algo de misterio divino a mi trabajo. Con la mano izquierda cogía un cartón plano y lo ponía sobre la mesa. Con la mano derecha empezaba a doblar los cortes premarcados y con la izquierda los iba dejando en su sitio. Después colocábamos el pañuelo de tela suave. Eso lo repetíamos, entre todos, unas cinco mil veces al día. El décimo día por la mañana, mientras la puerta del parqueo se abrió para sacar un palé lleno de cajas ya listas para la venta, una pareja de señores de unos sesenta y tantos escuchó nuestros acentos y se detuvo. Luz y Margarita estaban tratando de decidir qué era peor, si el chavismo o el castrismo, y los demás escuchábamos las desventuras de cada una en sus países. Cuando vimos a la pareja nos quedamos callados porque en la empresa nos advirtieron que si venía una inspección no podíamos decir que estamos trabajando ahí, que sólo nos saliéramos, que dijéramos que veníamos a preguntar algo. Ése era el plan. Aunque creí que era un plan pendejo, le sonreí a los jefes de mi amiga como diciendo que sí. La pareja nos saludó amablemente. Tenían acento venezolano. Él señor nos pidió perdón por la intromisión y nos preguntó si ahí había trabajito. Se me hizo raro porque iban bien vestidos y Sarrià no es un barrio al que uno va ofreciendo servicios. Nosotros dijimos que no y nos apresuramos a cerrar la puerta disimulando un poco porque no queríamos perder nuestros siete euros por hora. Seis en el caso de Margarita. Y el problema es que si llegaban más personas, las cajitas se acabarían más rápido.

Ese día en la tarde, el pelirrojo salió corriendo a la calle mientras le gritaba a alguien por teléfono. Es chistoso porque habla catalán con un acento que nunca había escuchado, creo que es de Mallorca. Del grupo del parqueo del almacén sólo yo hablaba catalán. El cuñado de Iris llevaba una pulsera amarilla con bandas rojas en la mano derecha. Y ésa, para mí, ya es señal suficiente para no sacar a relucir el tema de las lenguas cooficiales. Yo aprendí catalán en los primeros dos años que vine a Barcelona. Para entonces todavía se mantenían mis clases en línea para estudiantes universitarios de un centro privado en San Salvador. Durante mis noches, les hablaba a jóvenes más pubertos que adultos sobre cómo armar una guía de preguntas para una entrevista y sobre la pirámide invertida. Así que durante dos años en las mañanas me dediqué a aprender catalán. De poco sirvió porque en ningún trabajo de periodismo me han aceptado. Aquí, como mínimo, piden el C1 y yo sólo tengo el B2. El dinero que traía ahorrado ya se me acabó y no me alcanza para pagar los cincuenta euros del Consorci per la Normalització Lingüística y los 35 del libro con cada nuevo curso. Para reiniciar debería entregar el fruto de doce horas doblando cajas. No es mucho, pero este año la universidad no me renovó contrato remoto y ahora dependo sólo de lo que vaya saliendo aquí para conseguir los 412 euros de la habitación que rento.

En la noche le pregunté a mi amiga por qué gritaba el pelirrojo. Ahí descubrí que es el encargado de marketing. La empresa contrató al actor Mario Carsas para ser la imagen de la campaña de otoño 2025. Mario Carsas ahora es guapo, pero no está en su mejor momento. Ése fue cuando tenía veinticuatro años y actuó de novio tóxico en una película, pero tenía unos abdominales que nos hacían, a mí y a cualquier chica, olvidar ese detalle. Ahora luce como cualquier español normal, de mediana edad, corriente pero bien cuidado. En 2010, con mis compañeras de escuela decíamos que lo amábamos y casi todas teníamos un póster de él recostado sobre una moto, con una chaqueta negra, mirando con ojos entrecerrados hacia el horizonte. El cartel que tenía en mi habitación lo compré al salir del instituto en el centro histórico de San Salvador, antes de que hubiera Starbucks y turistas. Hace quince años ahí había de todo, menos gente blanca. Los únicos chelitos que había eran los artistas de los pósters que se vendían en la calle Rubén Darío, cerca de la parada del microbús de la 101-B. Antes de irme del país ya habían quitado la parada de buses. No combinaba en el escaparate del centro que ha creado el presidente Nayib Bukele. En los últimos años me he encargado de unir siempre la palabra presidente antes de Nayib para que no parezca que hablo con odio, para que se note el respeto con el que debemos hablar de él.

El encargado de marketing estaba alterado porque se puso en entredicho el valor de su gran logro ante la empresa, que fue que Mario Carsas aceptara la campaña. Lo había asegurado con varios miles de euros, así que, ¿cuál fue el pedo? Que quién sabe si por un personaje o por propia crisis de la mediana edad, se dejó crecer la barba y el cabello. Y al ponerle un pañuelo de seda en el cuello parecía un hipster cualquiera, pero no quedaba nada del chico malo en motocicleta y chaqueta de cuero. Y si en una publicidad aparece Mario Carsas, pero nadie la vuelve a mirar porque no parece Mario Carsas, ¿esa publicidad realmente existió?

Yo me carcajeé cuando supe el dramón del pelirrojo. Al día doce, cuando sólo nos faltaban dos mil cajas por doblar, lo empecé a ver con compasión… me daba una lástima. Yo también sé lo que se siente cuando las cosas no salen como una las ha planeado. Yo que pensaba que con aprender la lengua de aquí y tener experiencia laboral tendría un trabajo pronto me encontré en ese parqueo. Al menos en redes sociales mis colegas y amigas no saben nada de mi vida laboral venida a menos. Eso creo. Lo del teletrabajo es muy convincente y aunque no me lo preguntan, todo mundo asume que sigo trabajando de eso porque en redes sociales sigo subiendo fotos conociendo Cataluña y tomando vino. De vez en cuando me preguntan si me ha salido un novio español y hasta ahí llega la curiosidad. Aunque sé que mi perfil es hipócrita, suelo comparar mi vida con la de las demás y me cuesta creer que la felicidad de ellos es también un poco falsa. Creo que ellos sí que están bien de verdad y no sólo un poco, como yo.

Cuando terminamos los últimos dos mil paquetes, nos entregaron el pago en un sobre. A mí me dieron 672 euros. Y a Margarita calculo que 576. El sobre de ella y de Luz se lo entregaron a don Óscar, así que quién sabe realmente con cuánto se quedó él. Intercambiamos contactos y resulta que Luz y Óscar viven cerca mío, somos vecinos. Vivimos exactamente en el barrio más alejado de Sarrià dentro de Barcelona, en Torre Baró. Aquí una montaña nos separa del centro de la ciudad y todo mundo cree que esto ya no es el municipio, pero claro que lo es. Dos veces me los he encontrado ya en la fila del supermercado BonÀrea que está allá abajo. La última vez que los vi, Luz andaba de buen humor y me contó que Mario Carsas andaba en mi país, que viera los videos que había subido en Instagram.

Vine a la casa y me senté en el balconcito que comparto con otros dos muchachos que viven conmigo. Busqué el usuario del actor y encontré su perfil. El verano lo estaba pasando en El Tunco, una playa cerca de la capital donde solía ir con mis amigas. Al inicio me causó gracia que un famoso anduviera en el mismo lugar donde con mis compañeras nos reíamos o llorábamos por los casos que habíamos cubierto durante la semana. Me serví una cerveza Xibeca en un vaso plástico y seguí viendo las publicaciones. La segunda era de Mario Carsas en un helicóptero rodeando el cráter del volcán de Santa Ana. Ése fue el primer volcán que subí a pie en mi vida con un novio que dejé allá. La descosida total me vino cuando vi un tercer video de Mario Carsas caminando por el centro histórico de la capital y diciendo que no podía creer lo seguro que se sentía en un país que, hasta hace poco, tenía muy mala fama. Y ahí sí que quise gritar, pero en Torre Baró las casas están amontonadas por pobreza y por cartografía, y no quiero ser la panchita loca del barrio así que me tragué el grito junto con el vaso de Xibeca y empecé a escribir un comentario en el video. “¡¡¡Claro que El Salvador es seguro cuando vas en helicóptero, claro que la playa te va a encantar porque la arena es local, negra y suave, no como el pedrerío importado de las playas de Barcelona, y claro que te va a parecer seguro cuando no has sido periodista y has tenido que dejar toda tu vida porque a ALGUIEN no le gusta la prensa y te persiguió a vos y a todos tus compañeros!!!”. El comentario lo acompañé de exactamente tres signos de admiración tanto de apertura como de cierre, pero me parecieron excesivos y los empecé a borrar. Después lo quise hacer más corto para que tuviera más visibilidad dentro del algoritmo y lo terminé eliminando por completo. No quería que el equipo de comunicaciones de Mario Carsas hiciera alguna conexión conmigo y con la empresa de pañuelos sedosos donde trabaja mi amiga. Yo sé que es ridículo e improbable, pero más vale curarse en salud. Ahora ya he comprado tiritas y vaselina, especialmente para el dedo índice que me suele sangrar con trabajos manuales repetitivos. Para cubrir la renta del mes siguiente estoy contando con que en Sarrià se vuelvan a pelear con los chinos.