Equimosis

He hilado
de mi boca a la suya
el mismo dolor

y todavía lo siento en el anverso de mi cuerpo
allá, donde los nervios se contraen
en el centro de la médula—
culpa del flujo sanguíneo
de la pérdida

[en aquel lugar
la sangre es más oscura,
más densa]

encuentro el matiz,
me refugio en sus tonos
y me hago un espacio
entre el color del sufrimiento

[habría que decirlo:
siempre he sabido
encontrarme mejor
entre las sombras]

y es mi cuerpo el espectro,
tan sólo un murmullo del tiempo—
lo siento en el influjo alveolar
en los pliegues granates de mi piel
en el desgaste de mis ojos cárdenos

[todo es proporcional al alma
a lo incrédulo de la visión
y a la continuidad del sueño]

¿qué habría que hacer sino unirme a su gama?
me recuesto en el añil de sus huesos
y se mezclan sus tonos
con mi piel púrpura-de-tiro

[un vacío existencial
un consumo infinito
en el vórtice de los sentidos]

si antes sufría ceguera
ahora puedo verlo todo

y de entre todo,
aprendo a dialogar
con mis silencios

y digo
que el dolor y yo
somos uno solo.