La isla esmeralda

1. En Dublín

Pensaba en los colores. El verde intenso de los paisajes indómitos, las nubes grises en los cielos abiertos. Me bajé del avión y me entregaron un folleto. Una oveja contenta al pie de un monte tupido. Subí al bus que me llevaría al centro con mi maleta pegada al cuerpo. Una chica me sonrió e intercambiamos miradas todo el camino, pero nunca di el siguiente paso. Creo que estaba apabullada por la novedad. El bus era lindo, con internet y colores brillantes: naranja y amarillo, en consonancia con los edificios de ladrillo azafranado que miré por la ventana. Iba viendo el mapa en el teléfono, monitoreando el puntito azul de mi localización para saber dónde bajar. Al final me salí antes de tiempo. Mi impaciencia me permitió caminar un poco más entre aquel aire nuevo, relamiéndome el gusto de mi inédita libertad.

Entré al hostal donde intercambié unos escasos cinco euros por una noche de refugio y acomodé mis cosas en una jaula de metal. Estuve un día vagando por la plaza, conociendo la ciudad por la antigüedad de sus piedras. Castillos rocosos convivían con edificios metálicos. Dos tipos de frialdad y transformación de la naturaleza. Una misma historia de poderío viril. Me topé de frente con la estatua de Oscar Wilde, admiré su actitud distendida y su sonrisa a medias, la textura de su saco verde de jade y su camisa roja de tulita, desafiando la tiranía de la roca con aquel monumento al arte, la ironía y la delicadeza.

Encontré gangas hermosas. Tiendas de ropa con descuento para estudiantes, un subsidio que nunca más conocí. Hice lo que quise con mi tiempo y aunque intercambié algunas palabras con desconocidos, pude medirme feliz la indumentaria de mi estrenada independencia. Era la primera vez que viajaba completamente sola. Me sentí segura. Ni siquiera los borrachos que rondaban en las banquetas por ahí de las cuatro de la tarde turbaron mi rumiar curioso.

En ese entonces no me sobraba el dinero ni sabía muy bien cómo administrarlo. Vivía bajo la idea de gastar lo menos posible para no sorprenderme con la cuenta vacía antes de fin de mes. Unos meses antes había dejado mi país para lanzarme a hacer un intercambio en Francia. Tenía veintidós años y el mundo se sentía gigantesco, un poco aterrador, pero sobre todo emocionante. En el hostal tomé una hojita con un cupón para comer. Era un restaurante brasileño. No investigué si había delicias locales por probar, porque por cinco euros preferí llenarme la panza en un lugar latino. Caminé. El tiempo se sentía flexible. Comí delicioso y regresé por las banquetas anchas.

Antes del anochecer me dieron ganas de rodearme de gente. Era el verano del 2014 y todos mirábamos el Mundial. Decidí ir a un bar porque porque había partido de México y sabía que en medio de paisanos sería fácil hacer amigos. En todo caso, mezclada entre la fiebre de la derrota o la celebración, podría integrarme a la fiesta de esa ciudad desconocida.

De nuevo, todo empezó por una mirada. Sonrisas y un reconocernos como iguales. Fernanda me invitó a su grupo: una mexicana con dos amigos alemanes. Tenían su sistema para divertirse juntos, tomaban turnos para invitarse rondas entre sí. Me integraron y poco a poco se fue formando un círculo ecléctico en torno a nosotras. Recuerdo a un hombre local, bastante mayor que yo, disfrutando de la tarde con cervezas bajo el brazo. Me observaba divertirme y después de un rato se unió al festejo. Entre sonrisas genuinas me habló de Wicklow, un parque nacional, y me pidió con insistencia que no dejara de visitarlo.

Salimos del bar con varias cervezas encima y uno de los chicos me tomó del brazo para caminar juntos. En la alegría de la noche, cantamos codo a codo por las calles de Dublín. Saludamos a teporochos transatlánticos y terminamos por entrar a un pequeño pub de ensueño, una casa de duendes donde tocaban música tradicional en vivo. No sé cómo mi cuerpo escuálido soportó tantas Guinness, si fue mi entusiasmo o las horas que pasaron. Pero bebí ese néctar oscuro toda la noche. Bailamos, admiré el espectáculo descomunal y sobre todo reí compartiendo mi arrebato con desconocidos.

Cuando salimos del pub, yo estaba bastante ebria. Caminamos juntos hasta mi hostal, todavía con la felicidad sobrada por lo que había sucedido. Y al llegar a la puerta, pienso que a él los segundos le parecieron eternos. No lo invité a pasar. Entré al lugar casi a tientas y me quedé dormida con la pesadez complacida de quien hace lo que se le da la gana. Desperté después de unas horas y miré mis manos con un ligero temor de haber perdido mis pertenencias. Nada. Me levanté entera.

Cuando estuve lista, salí en busca de aquel lugar que no me permití olvidar. Un recorrido en van al parque nacional que me había recomendado el hombre sonriente. Ahora pienso que me concedió un don. Yo no le di nada y en cambio él me regaló el paisaje de su país. Tranquila, miré el trayecto entero por la ventana y reconocí en la radio las canciones que habíamos bailado la noche anterior. Cuando dejamos la zona urbana supe que había llegado por fin a Irlanda. Una oveja contenta se asomaba entre el verdor del potente cerro frondoso.



2. Wicklow

Mientras avanza el camión, un señor irlandés de unos cincuenta años ameniza el trayecto con historias. Hace bromas, nos promete llevarnos a comer scones deliciosos y nos habla de las películas que se grabaron en el parque nacional: Corazón valienteBarry LyndonExcalibur

Somos un grupo de unos veinte turistas, casi todas mujeres: locales, asiáticas, anglosajonas. Alguna que otra pareja. Y sólo dos mujeres jóvenes: una chica que vino a Wicklow desde Los Ángeles y yo, una mexicana que llegó por recomendación de un señor en un pub del centro.

Mientras como mi scone, miro las mesas de los demás llenarse de conversaciones e intercambios de miradas y me hace falta la compañía. Cuando el señor del tour me ve solita —noto que le preocupa que la pase bien— intenta que la otra chica joven y yo conversemos. Hablamos un poco, intercambiamos sonrisas. Me cuenta de P.S. I love you, dice que es su película favorita y que vino a Irlanda para visitar el puente donde Hilary Swank y Gerard Butler se dan un beso. Yo pienso que vine a ver borreguitos saltando por la montaña. Y también que en realidad no vine por ninguna razón en específico.

Bajamos del camión en la entrada al parque nacional. Las parejas y subgrupos comienzan a organizarse. La chica del puente toma su camino y yo me voy feliz a andar por el bosque. Tenemos una hora para merodear, hacer pícnic, caminar rápido, visitar todo o nada. Somos libres. Entonces comienzo a caminar sin ver el mapa en la misma dirección que unas señoras asiáticas de mi tour. Me voy perdiendo en el bosque y me maravillo de tanta clorofila. Es Irlanda, pero no llueve. Camino y camino sin programa. Dejo de ver a las señoras. Creo que se sentaron en el pasto en algún punto.

No sé ni qué pienso cuando veo el reloj de mi teléfono y me doy cuenta de que no me queda mucho tiempo y sí mucho camino de regreso. Hago los cálculos y entiendo que no voy a llegar a la hora acordada. Busco como loca el teléfono del guía y le mando dos mensajes. MIL DISCULPAS, VOY EN CAMINO. Y unos minutos después: YA CASI LLEGO, POR FAVOR, NO SE VAYAN SIN MÍ. En un momento, corro. El señor no me responde. Me apuro en medio del mismo paisaje natural que me acogió con tanta calma unos cuarenta minutos antes. Corro pensando lo peor. Por un segundo, me reprocho mi visión despreocupada de la vida.

Cuando llego, el señor guía me tira una sonrisa y me da la bienvenida al camión. Todos los demás turistas están sentados, con los cinturones abrochados, listos para irse. El señor toma el micrófono y dice:

—Llegó nuestra amiga. ¡Ahora vámonos!

Más tarde me confía que siempre esperan un máximo de treinta minutos antes de partir. Y que casi siempre son los mexicanos o latinos los que llegan tarde. Qué noticia. Los ingleses, en cambio, están listos para irse con quince minutos de anticipación. Pero qué es eso de esperar quince minutos en la fila cuando el olor del lago y la ilusión de estar en un set de grabación natural nos retienen. Cómo intercambiar la certeza del regreso por la sed desesperada de caminar entre los árboles. Con las ganas de correr con adrenalina en la sangre. Por el placer de no saber qué hacer.



3. Sin planes

Cuando llego al hostal la primera noche, un tipo hace una encuesta sobre turismo en Irlanda, y yo, como soy amable con todo el mundo, acepto darle unos minutos para responder sus preguntas. Me dice: Dime tres cosas que viniste a hacer a Irlanda. Menciona tres ideas preconcebidas que tuvieras del país. Mi mente está en blanco. Aunque conozco gente de Irlanda y seguramente he visto el país en la tele y en los libros, no consigo decirle ni una sola idea que responda a la pregunta ¿qué te trajo aquí? El tipo insiste y empieza a enojarse conmigo. Yo empiezo también a enojarme con él, porque no puede aceptar un vacío como respuesta.

Vine a sorprenderme. Vine porque era el destino más barato en la aerolínea lowcost. Vine porque, ya que estoy en este continente, por qué no. Vine sola y sin planear porque nunca me han gustado los planes. No tengo que esperar a nadie ni ser arreada por más personas. No le digo nada de esto. En un punto, sólo me levanto de la sala y me voy.

Mi última noche en Dublín la paso con un grupo que conocí caminando por Trinity College. Vamos a uno de los pubs más famosos de la ciudad, The Temple Bar, y caminamos despreocupados por las calles. Admiramos las flores de colores en los faros, el calor veraniego en nuestras pieles. Tomamos Jameson con agua tónica. Comemos papas y botanitas al lado del río. Hablamos con gente local que se relaja en la noche estival. Mientras río, platico, hago preguntas y hablo de mí, recuerdo a la mujer que me dijo que viajar sola a Irlanda sería una buena idea. Después de estos días, siento que habito un poco más mi propia piel.

Cuando volvemos al hostal, un grupo de chicas celebra una despedida de soltera. Pero para mí se siente más como una bienvenida. En este punto llevo unos dos años con mi novio de la universidad. El amor me ha hecho explorar mi independencia, aunque siempre acompañada. Ahora él está muy lejos, en un huso horario distinto, y realmente no podemos compartir la vida como antes. En Dublín se consolida ese tiempo completamente propio que acabo de descubrir.