El trayecto de lo mínimo

Hamnet
Maggie O’Farrell,
Tad. Concha Cardeñoso
Libros del Asteroide, 2021

Hamnet (2020) de Maggie O’Farrell es la tragedia vuelta novela; sin embargo, antes de que ésta se manifieste es posible observar un desplegado de sensibilidad minuciosa: el peso de una mano sobre otra, la textura de una planta, la intuición que atraviesa el cuerpo antes de formularse como pensamiento. Agnes, la madre de Hamnet, posee un don que no se presenta como milagro ni como ciencia; al tocar sabe, reconoce enfermedades, presiente desenlaces, lee en la materia viva una información que para ser nombrada no le bastan las palabras. Así, casi sin proponérselo, se vuelve curandera del pueblo, intermediaria entre la naturaleza, los cuerpos y aquello que los habita. Este conocimiento no proviene de libros, escuelas o sistemas rígidos, sino de algo más cotidiano: el contacto.

La naturaleza en Hamnet no es un simple paisaje, una metáfora o un motivo recurrente, se trata más bien de una red compleja y a la vez sutil de relaciones: hierbas que curan sólo si se sabe cómo combinarlas, animales que acompañan la vida doméstica o terminan con la normalidad de un momento a otro, cuerpos que se rozan y se afectan mutuamente. El ejemplo inmediato de esto es el encuentro entre Agnes y el hombre que será su marido —nunca nombrado, pero siempre evidenciado, como William Shakespeare—: basta con que ella lo tome de la mano unos segundos para que se active la lógica de reconocimiento inmediato, una especie de premonición afortunada que se verá materializada páginas adelante.

Es desde esta sensibilidad —en donde lo pequeño cobra una importancia capital y el contacto efímero se vuelve un destino silencioso— que O’Farrell hace un impresionante despliegue de habilidades narrativas cuando dedica un capítulo entero de la novela al trayecto de una pulga. Contrario a lo que pueda pensarse, no se trata de una digresión, sino del punto sin retorno, un hilo narrativo protagonizado por uno de los animales más diminutos del mundo y que, sin embargo, se convierte en la metáfora más grande de toda la narración. El lector no sólo ve saltar al insecto de un cuerpo a otro y de ahí a cualquier superficie para de inmediato buscar un nuevo huésped, también es testigo silencioso del recorrido de la peste negra por Europa desde las patas de una pulga que ha vivido primero en un cocinero, después en una rata y más tarde en un mono, antes de refugiarse en el pañuelo de un muchacho que sube a un barco de mercancías. Desde ahí, la pulga se aloja en un gato que muere días después, provocando una cadena de mortandad: los felinos —introducidos para combatir a las ratas— se convierten también en víctimas y en una nueva plaga. El capitán del navío deduce que se trata de fiebre africana, mientras los cuerpos humanos comienzan a mostrar los signos del contagio: hinchazón en el cuello, piel cubierta de ampollas rojas o negras. La pulga brinca sin distinguir especies, salta de animales a hombres, de hombres a animales, sin intención ni conciencia del desastre que porta.

El viaje continúa tierra adentro. La pulga se esconde en alforjas de cuero, reposa entre trapos, atraviesa almacenes y caminos. Hambrienta y agotada, apenas tiene oportunidad salta del caballo al hombre y del hombre a las diversas personas con las que el jinete se encuentra en el camino. Para cuando el trayecto alcanza Stratford, ya no se trata de una sola pulga: “Las pulgas han puesto huevos en las costuras de su jubón, en las crines del caballo, en las puntadas de la silla, entre la filigrana y las ondas del encaje, en los trapos que protegen las cuentas. Estos huevos son los bisnietos de la pulga del mono” (p. 147). La peste se materializa, entonces, en una larga cadena de animales que reciben el mal y lo contagian sin remedio ni distinción.

Uno de esos paquetes de encaje llega hasta las manos de Judith, la hermana gemela de Hamnet. La niña abre la caja con emoción y premura, sin saber que una pulga —cuyo trayecto ha sido igual o más largo que aquel que deberá realizar su padre una vez que el mal los haya alcanzado— ha viajado hasta el negocio de la costurera en Henley Street para instalarse en el corazón de su familia. A partir de ese momento, la novela se convierte en una interrogante permanente; el lector sabe que la pulga ha alcanzado a Judith, pero también sabe que será Hamnet quien muera. La tensión no radica en el desenlace, sino en el desfase, en esa distancia mínima entre el contagio y la pérdida. La tragedia no se organiza sólo a partir de las decisiones humanas; también se desplaza hacia fuerzas que operan al margen de la voluntad. En Hamnet, la pulga se presenta como un cuerpo en movimiento: se alimenta, se reproduce, persiste y, en su trayecto, fulmina a otros. En ese gesto, O’Farrell recuerda que la historia humana está atravesada por formas de vida que no reconocen nombres propios ni jerarquías. La peste no elige; circula, pasa, como hace la pulga, de un ente a otro.

Leída hoy, Hamnet adquiere una resonancia inquietante. La atención minuciosa al trayecto del contagio —a los objetos, los roces, los cuerpos— dialoga con una experiencia reciente en la que cualquier contacto parecía perfilarse como mortal. Sin subrayados ni alegorías evidentes, O’Farrell muestra cómo una entidad microscópica puede reorganizar comunidades enteras, incluso el mundo entero, y transformar la intimidad en amenaza. La adaptación cinematográfica de la novela reaviva preguntas: ¿cómo traducir al lenguaje visual una tragedia cuyo motor es una criatura casi imposible de ver? El riesgo de recentrar el relato en figuras humanas es grande, pero la potencia de Hamnet reside justamente en lo contrario: en sostener la mirada sobre aquello que suele pasar desapercibido. En el salto de una pulga se cifra no sólo la muerte de un niño, sino una forma de entender el mundo. Hamnet es una novela donde lo humano deja de ocupar el centro absoluto y se reconoce vulnerable, atravesado por lo animal. O’Farrell nos recuerda que, a veces, la historia no avanza a pasos agigantados, sino a saltos mínimos, casi invisibles, capaces de cambiarlo todo.